LADY MACBETH Here's the smell of the blood still: all the
perfumes of Arabia will not sweeten this little
hand. Oh, oh, oh!
U no que, ilusamente, creía en los valores de derecha, siempre mencionados y rara vez citados de modo específico (o, a lo mejor, los valores a defender no se ejemplifican porque los encargados de las citas tienen muy mala memoria). El caso es que uno, crédulo, enlistaba entre esos valores el respeto por sus causas, inconcebible una derecha que se mofara de sus héroes, o profanara sus emblemas, o ridiculizara sus batallas. Ni pensarlo. Con ingenuidad lo creí: la derecha no tiene sentido del humor o, si quiere ver la situación positivamente, no admite el relajo, el choteo y la frivolización de sus causas y símbolos.
Eso creí con firmeza hasta hace unos años, cuando atisbé rencorosamente en las revistas de sociales los números dedicados a la Semana Santa poblados de magnates y familias aledañas en pleno usufructo del reventón y los trajes de baño (no hablo de tangas, patrimonio de Pro-Vida). Apurar cielos pretendo, me dije, pero sí estos son los representantes de la moral hecha obra piadosa, los Caballeros del Colón, los Legionarios de Cristo, los opusdeístas, los nuevos templarios, los rescatadores profesionales de las Astillas Sagradas. ¿Qué hacen en una fiesta de disfraces en Puerto Vallarta o Careyes o Ixtapa o Cancún? (Nótese que no degrado a la clase en el poder y por eso no menciono Acapulco). ¡Ah tiempos de la incitación al arrepentimiento que prodiga en los sitios veraniegos la Visita de las Siete Discos!
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Mi reflexión, o mejor, mi azoro, no iba más allá del lugar común: "¡Qué guardadito tienen los sepulcros blanqueados su alma guapachosa o su conciencia chévere!" Hasta allí, pero de pronto veo en la prensa (La Jornada, 1 de abril de 2007) una foto a colores con Miss Cristera... El azoro me invadió, me sojuzgó, me hizo consciente de que tengo edad para las sorpresas genuinas, impensables en la juventud... ¿Se trata en efecto de Miss Cristera, el traje elegido para la pasarela de simbologías nacionales en un concurso de belleza que ostenta (y prodiga) los símbolos del movimiento cuyos soldados portaban un escapulario con la consigna "Bala, detente"? Así es y así será porque así está siendo.
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El traje de la representante mexicana en el concurso Miss Universo 2007 (vanidad de vanidades, dijo el predicador, todo es concursar) es obra de la diseñadora María del Rayo Macías Díaz, y su objetivo explícito, además del soporte que le brinda a la hermosa participante azteca (al tema que fueras, habla como si allí estuvieras), es rendirle homenaje a ese ejército campesino que, incitado y exhortado por el clero católico, combatió contra el régimen de Plutarco Elías Calles (1925 - 1934, en su fase de maximato), fue cruel y sanguinario, recibió del Ejército federal un trato cruel y sanguinario, violó maestras rurales y torturó y asesinó maestros rurales, sufrió la persecución religiosa y desató la persecución doctrinaria, todo para terminar plegándose a los designios negociadores de la jerarquía católica.
¿Cuál es el mensaje del "traje típico" de Miss México 2007? Hecho de manta, incluye, pintadas a mano, figuras de campesinos colgados de postes telegráficos ("Madre mía de Guadalupe,/ por tu religión me van a matar", dice el "Corrido de Valentín de la Sierra", que no proporciona la información complementaria: "Por tu religión a cuántos me dispongo a matar"), mujeres en misas clandestinas, rosarios, escapularios, milagritos. También, no hace falta decirlo, una reproducción de la Virgen de Guadalupe. ¿Qué falta?
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Doña María del Rayo explica las razones del outfit de Nuestra Belleza México 2007: "He recibido comentarios por el estilo de: ´ganó porque hay apertura para lo religioso´ o ´en otro momento difícilmente podría haber ganado´. A mí no se me cruzó por la cabeza aprovecharse de la coyuntura. Más bien, quise hacer este diseño sobre todo porque tenemos que aceptarnos. Somos descendientes de cristeros. Nos guste o no, es parte de lo que somos... En la región donde vivo (Encarnación de Díaz, Jalisco), en Los Altos de Jalisco, la gente sigue siendo muy religiosa; está muy presente la Cristiada, es un tema de plática muy común".
La diseñadora es de esta época y mantiene, sostiene y tiene puntos de vista que, en las pláticas de Encarnación de Díaz, deben impresionar, porque para eso son las pláticas. Dice la diseñadora: "La mayoría de la gente sabe poco acerca de esta época". Así que nos guste o no, no estamos enterados de lo que somos. "Antes no la entendía (a la Cristiada). Se me hacía algo fanático". Eso es obvio, si ella no había soñado con la moda y se había detenido en el aspecto religioso, pues sí, pudo caer en la tentación de condenar sin tomar en cuenta los criterios del vestuario de los 20. "Ahora, creo que si hubiera vivido en aquélla hubiera sido cristera". Eso también es obvio, aunque no concibo, tal vez por mi desconocimiento de aquélla, que los cristeros hubiesen patrocinado concursos de belleza, algo que la guerra habría dificultado, un Miss Voladura de Tren como que no iba. "Como mujer, como se vivía la religión, definitivamente habría sido cristera. En ese tiempo toda la vida giraba alrededor de la Iglesia". (Y, también del Estado, que tenía alguno que otro espacio a su disposición). Y continúa la cita: "Tanto que se hizo en la época de la Conquista y luego nos lo quieren quitar. Se me hace una respuesta lógica."
En donde la razón de doña María del Rayo ilumina los guardarropas del pasado y del porvenir es en el elogio de la Conquista, una época de fraternidad y encuentro armonioso de dos mundos. Que nunca nos la quiten. En lo demás, quizás la diseñadora siembra dudas. Sí, tenemos que aceptarnos, aunque, por desdicha somos también descendientes del paganismo indígena (politeístas porque creían que Dios o se clonaba o convivía con otros dioses); venimos también del número enorme de mexicanos que en la época de la Cristiada no estaba a favor de las guerras religiosas, y descendemos de la secularización, esa idea abominable que, por ejemplo y en contra de la tradicional modestia corporal de las mexicanas, introdujo los concursos de belleza.
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¡Qué terrible! ¿Para eso se sacrificó el padre Pablo García, fusilado según consta en el traje creado por María del Rayo; para eso en la región de Los Altos se ha creído en la separación entre la moda y la fe? ¿Para eso, para que los cristeros terminen como paisaje incidental en la competencia del hedonismo que ni se fija en representaciones de escapularios y carrilleros? ¿Cómo conciliar la guerra a Lucifer con la pasarela, ese camino de la perdición donde no importan las convicciones sino la maestría en el modelaje? La pregunta se mantiene: ¿los mexicanos, todos, descendemos de los concursos de belleza? Algo o demasiado de choteo hay en la página electrónica de Nuestra Belleza al describir el atuendo: "Representa a la mujer cristera, pieza fundamental en el conflicto armado que se desarrolló entre 1929 y 1942 en nuestro país". A partir de 1929 ese conflicto, por lo que atañe a la historia, se desarrolló a puerta cerrada porque no se registra, pero el traje no representa a la mujer cristera sino a su victimación por la moda.
Escritor
Jaime Avilés
CNDH: una autopsia al gusto de Calderón
Ahora resulta que la anciana padecía cáncer
¿De que más la van a enfermar las autoridades?
Al tomar posesión como presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), el 16 de noviembre de 1999, impuesto por Ernesto Zedillo, José Luis Soberanes prometió que durante su gestión (de 1999 a 2005) no habría privilegios para nadie, "ni para la institución presidencial ni para el Ejército" (La Jornada, 17/11/99). Pero tras el inicio de su segundo periodo (2005-2011) no ha hecho sino tragarse sus palabras, en particular desde que estalló la crisis política de Oaxaca, donde cerró los ojos frente a la brutalidad sistemática de la Policía Federal Preventiva y de los grupos de choque a las órdenes del asesino serial que "gobierna" aquella entidad.
A las más de 500 quejas que por violaciones graves a los derechos humanos de los oaxaqueños su oficina ha recibido desde agosto de 2006, Soberanes ha reaccionado con odiosa e injustificable tardanza, agrupando todos los casos en un solo expediente y sin resolver en los hechos ninguno.
Hay un notorio cambio de actitud en quien a lo largo del sexenio pasado fue un crítico institucional, pero a veces incómodo del gobierno de Vicente Fox, y ahora actúa como un miembro más del gabinete de Felipe Calderón Hinojosa.
Observadores independientes señalan que gracias a los cuantiosos recursos presupuestarios de la CNDH, Soberanes inventó y alimenta a numerosas ONG "paleras" que desde siempre han aplaudido y justificado sus "agachadas" ante el poder y sobre todo ante los excesos del Ejército: he allí su silencio ante la violación de un grupo de prostitutas en Coahuila por elementos de las fuerzas armadas en junio de 2006, denunciada por el obispo de Saltillo, Raúl Vera López.
Pero si la imagen del ombudsman se había empañado a lo largo de los siete años y cinco meses que lleva al frente de la CNDH, y si la confianza en el organismo descentralizado que dirige se deterioró en forma alarmante debido a los pésimos servicios que prestó al pueblo de Oaxaca, ahora su pérdida de credibilidad ha cruzado la línea del no retorno. Haga lo que haga, en adelante será visto como encubridor de los que violaron y asesinaron a la señora Ernestina Ascencio Rosario en la sierra de Zongolica, y comparsa de Calderón cuando éste dijo que la anciana había fallecido por una "gastritis crónica no atendida".
Lo peor de todo es que con esta actitud, Soberanes podría estar abonando al estallido de un grave conflicto social, ahí donde las comunidades indígenas veracruzanas han empezado a movilizarse para exigir que se esclarezca la verdad y sean castigados los verdaderos culpables.
La caída al barranco
Blanche Petrich acaba de ir a Soledad Atzompa, municipio donde vivió y murió doña Ernestina. Su reporte detalla que, el 25 de febrero a las cinco de la tarde, la mujer fue encontrada malherida en un paraje de la comunidad de Tetlatzinga y que desde ese momento y hasta que expiró, casi 12 horas después, fue vista y oída por 15 personas, a quienes refirió que la habían violado cuatro soldados que estaban comiendo naranjas cuando se fijaron en ella. La presencia de las cáscaras, como se sabe, fue corroborada por muchos testigos en el lugar de los hechos.
Testigos de ese relato, escribió Blanche, son los hijos de la señora, Julio, Marta y Francisco; los vecinos Luis Aguilar y José Vázquez, la enfermera de la clínica rural de Acultzinapa, de nombre Luisa; un médico de Ciudad Mendoza y tres más del hospital regional de Río Blanco; el alcalde Javier Pérez Pascuala, un regidor, un policía, un juez de paz y René Huerta, líder de la Coordinadora Regional de Organizaciones Indígenas de la Sierra de Zongolica.
Todas esas personas, más el acta de defunción firmada por el doctor Juan Pablo Mendizábal, la autopsia número 070276634 suscrita por tres forenses, el dictamen del subprocurador Miguel Mina Rodríguez y declaraciones del procurador estatal Emeterio López coincidieron en que la mujer fue víctima de violación sexual tumultuaria en la cual recibió lesiones que le originaron la muerte.
Todo se modificó, sin embargo, cuando, el 13 de marzo, entrevistado por Elena Gallegos y Claudia Herrera, Felipe Calderón dijo que la anciana había muerto por una "gastritis crónica no atendida". Pero el sucesor de Fox pasó por alto varias cosas. Por ejemplo, que la noche del 26 de febrero, al enterarse del deceso, el coronel José Soberanes, responsable del campamento militar de Tetlatzinga, anunció ante más de 300 personas que cuatro soldados estaban arrestados e iban a ser "investigados por ese crimen" (Proceso, 1587).
O que Noemí Quirasco Hernández, presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Veracruz, subrayó que "nadie ha mencionado que la señora fue arrojada a un barranco", donde la encontraron malherida (idem). O que el 27 de febrero, el coronel Soberanes dio marcha atrás a la supuesta "investigación" de los soldados, o que la Secretaría de la Defensa Nacional dejó correr la especie de que la agresión había sido hecha por un "grupo guerrillero".
¿Por qué Calderón habló de "gastritis" cuando sólo la procuraduría de Veracruz había examinado el cadáver? ¿Por qué dijo: "la CNDH intervino y lo que resultó de la necropsia fue que falleció de gastritis crónica no atendida", si el mismo 13 de marzo, el visitador de la CNDH, Julio Armendáriz, les aseguró a los habitantes de Soledad Atzompa que la comisión no había participado hasta ese momento en el caso? ¿Por qué, sólo hasta el 29 de marzo, el dictamen oficial de la CNDH fue dado a conocer por un general en retiro que ahora es diputado panista y no por el propio Soberanes?
¿Por qué sólo hasta el día siguiente, viernes 30, la CNDH presentó su informe, acomodando todo al gusto de Calderón? A saber: que sí existía una segunda autopsia, hecha, ojo, el 9 de marzo, es decir, cuatro días antes de la entrevista del Ejecutivo con La Jornada. Y, más aún, que ésta encontró un cuadro de "anemia aguda" (grave ausencia de glóbulos rojos) debido a un "sangrado de tubo digestivo" (hemorragia estomacal por goteo) provocado por "úlceras gástricas pépticas agudas" (heridas abiertas o áreas lesionadas en el recubrimiento del estómago).

Los excesos verbales y las gesticulaciones amenazantes a que ha dado lugar la iniciativa de ley que se debate en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en torno de la introducción de una excluyente adicional a la despenalización del aborto, colocan en el centro del debate nacional la laicidad del Estado. En efecto, las actitudes insolentes en contra de las instituciones emanadas del sufragio universal provienen del ala conservadora de la jerarquía eclesiástica y de sus esbirros, dentro y fuera del gobierno.
Lo que está en juego es el significado de la modernización, que en rigor histórico se inicia con el asalto al Estado teocrático y la eclosión de las libertades públicas. La evolución de la ciencia y de la sociedad hacían inviable la conducción de los asuntos públicos con base en la supremacía del pensamiento religioso sobre la ley y el orden civil. En ese sentido, la laicidad del Estado es el fundamento mismo del pacto social, del régimen democrático de gobierno y del imperio de los derechos humanos.
Antes de la gran revolución liberal, la legitimidad del Estado se asentaba en un mandato divino y por lo tanto le correspondía velar por el cumplimiento de un orden superior en lo terrenal. Las disputas entre los dos ámbitos de la Ciudad de Dios y con frecuencia su trastocamiento por la concupiscencia, fueron ásperas y sangrientas, pero para su propio beneficio, todas las potestades reconocían la supremacía del dogma.
Así, el proceso civilizatorio de Occidente está marcado por la hazaña del pensamiento crítico y por la ampliación del dominio de lo público, entendido como el escenario generador y protector de las libertades civiles. Nada de lo que la humanidad ha avanzado desde entonces sería explicable al margen de ese fenómeno. De ahí que México presente sus credenciales de ingreso a la modernidad sólo a partir de la victoria constitucional y política de la reforma frente a los conservadores.
La laicidad del Estado y el imperio de sus leyes aseguran a su vez el surgimiento de una nueva cultura, fundada en la tolerancia, el libre albedrío y la aventura del conocimiento. Significa la victoria contra el oscurantismo que es, por definición, la "oposición sistemática a que se difunda la instrucción" tanto como la "defensa de ideas o actitudes irracionales o retrógradas".
Es aleccionador que, ante lagunas evidentes de nuestro texto constitucional en torno de los principios que sustentan el régimen político del país, el legislador haya decidido subsanarlas en la redacción del artículo tercero, de 1945. Ahí se definió por primera vez al Estado mexicano: Federación, estados y municipios y se estableció el concepto y sentido de nuestra democracia, como una obra de progreso social y de cultura.
Por esa razón estipula en su fracción primera que la educación "será laica y, por tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa". Añade en seguida que el criterio que habrá de orientarla "se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios".
Palabras proféticas que deberíamos enarbolar en esta hora. Lo que el legislador intenta una vez más es poner al día las normas, conforme a la evolución de la comunidad y del saber, así como a la exigencia por la ampliación de las prerrogativas ciudadanas. Más allá de los asuntos de salud pública y libertad personal involucrados en el debate, se encuentra la potestad del Estado para determinar el marco conceptual y el alcance de sus decisiones normativas.
Seamos claros: ningún principio jurídico ni precepto de observancia obligatoria ha definido que la vida humana comience con la gestación. Tampoco lo ha estipulado ninguna carta o convención internacional de derechos humanos. Hasta hoy, estos instrumentos, tan justamente prolijos para la defensa de los niños, no abarcan a los que no han nacido. Se trata, si se quiere, de un interregno o limbo doctrinario al que se ha aplicado por inercia o por temor, disfrazados de inferencia lógica, el derecho canónico.
Dice con razón César Cansino que "el Estado no debe, ante asuntos controvertidos, imponer una concepción determinada, por la vía de la penalización" y subraya que en este caso la punición "es una medida inútil, por la ineficiencia de sus resultados". Añadiría que menos aun debiera cubrir sus propias incertidumbres con preceptos doctrinarios y disposiciones represivas provenientes de un orden ajeno a lo estatal.
Nos enfrentamos a un anacronismo propio de un nuevo régimen feudal que nos ha impuesto la derecha contemporánea. En la cúspide, los grandes imperios, armonizados por el Vaticano como celoso guardián del orden neoliberal; en la periferia, los pueblos bárbaros, excluidos del derecho a la igualdad y por ende a la plena ciudadanía; mermados sus estados por los poderes fácticos que los arrollan y cuyo origen y destino son transnacionales.
Quién puede dudar que en México se ha enseñoreado una trama espesa de potestades supraestatales que decide el futuro del país muy por encima de la soberanía popular. Unos se encargan, como siempre, de los estupefacientes morales, otros de la dominación sobre las conciencias, otros más del dominio monopólico sobre la economía y entre todos impiden el crecimiento de la ciudadanía y el arribo a la modernidad.
Cuando la reforma del artículo 130 constitucional de 1992, fuimos enfáticos en la preservación de la supremacía del Estado sobre las iglesias, en su propia esfera de competencia. Por esa razón, aunque con una redacción distinta, se reiteraron las prohibiciones esenciales estipuladas por el Constituyente de 1917. "Los ministros (de los cultos) no podrán asociarse con fines políticos... Tampoco podrán oponerse a las leyes del país o a sus instituciones".
La cuestión no es hoy la supuesta transgresión de normas inmanentes por un Poder Legislativo local. El agravio es la afrentosa violación de preceptos cardinales de la Constitución política por cuenta de instituciones y personalidades eclesiásticas que, al no someterse a su jurisdicción, están contribuyendo deliberadamente a la disolución del Estado.
El desafío sistemático al orden legal debiera ser enfrentado y sancionado por el poder público con todos los medios de su autoridad republicana. Resulta cuando menos sospechoso que en unos casos opte por la militarización, en otros por la sumisión y en situaciones como ésta por la abierta complicidad.
El propósito del señor Serrano Limón, prófugo virtual de la justicia, en el sentido de que la decisión legislativa tendrá un costo político para el jefe de Gobierno de la ciudad y que será "un costo de sangre", pasará sin duda al anecdotario de la infamia política. Pero es deber de todos reaccionar con energía ante la pretensión golpista que esta amenaza exhibe.
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